Hay momentos en los que nuestras consecuencias nos abren los ojos. No solo nos podemos dar cuenta de que nos hemos equivocado, sino que también podemos ver que la equivocación ha sido de los demás. Sea de la forma que sea, esto nos implica un cambio de comportamiento. Saber distinguir quién es el culpable es lo que realmente nos permite progresar; si nos hacen creer culpables de lo que no somos, es cuestión de tiempo ir cayendo en un abismo infinito, costoso de subir.
Cuestionar nuestras propias acciones puede hacernos entrar en razón; evitamos todo el pedregoso camino que hacemos pasar a los demás hasta que, agotados, tienen que decirnos lo que pasa. Lo que estás haciendo no está bien. Tienes que mirártelo. Chas; se hace la chispa; vemos; nos avergonzamos y, uno: rectificamos, o dos: seguimos con el sufrimiento, propio y ajeno, y repetimos el proceso. En principio, en este proceso se ve un claro culpable, y aún más si la gente de nuestro alrededor está de acuerdo.
Algo más difícil de distinguir un problema real es cuando los demás tienden a proyectar sus creencias sobre todo lo que pueden alcanzar, porque como pequeños dictadores, cuando haya un camino por el que no puedan pasar, lo perforarán, pisarán y machacarán hasta adaptarlo a sus convicciones. El hecho de que se cuestionen individualismos; el querer imponer miedos irracionales y pensamientos inculcados; el oír gritar con sus mentes voces incesantes de desconfianza; el hecho de hacer acabar desconfiando de ellos y de uno mismo; acabando cada vez más sensible a cualquier roce externo. Hay que ser valientes para cambiar a la gente que nos rodea. O cabezotas. Cuando todo tu entorno decide ir imponiéndose inconscientemente sobre ti, acabas confundiendo el norte con el nardo (ojo, que no lo digo porque quede bien, sino por amor a Freud), entre otras cosas; acabas en su mismo océano de conflictos e incertidumbres. Es difícil distinguir la culpabilidad, y aún más si la gente de nuestro alrededor está de acuerdo.
Vengo de la ansiedad, y aún sigo escalando, pues ya no es solo el hecho de haber caído, sino el de haberme dado cuenta de que nunca he estado arriba. Durante este largo tiempo, he aprendido a entender, observar, tolerar y tener paciencia. He vuelto a ser yo, pero no el yo que fui hace tiempo. He vuelto a querer hablar conmigo mismo, y cuando lo he hecho, me he dado cuenta de lo hondo que me había dejado caer, acumulando, como hacen las buenas personas; las que no quieren faltar a nadie; las que no quieren influir, porque poco a poco les han hecho dejar de creer en alguien que no sean ellas mismas; las que acaban absorbiendo todo el odio de su alrededor, todo el dolor que crea la maldad y toda la tragedia de quien la sufre, hasta que un día, bum.
Ya no quiero ser buena persona; ahora me apetece ser yo. Acabar encorvado en esta caverna no me ha hecho bien, somatizando toda esta represión hasta la inutilidad casi completa de mi ser. Me he cuestionado tanto las cosas, que estoy aprendiendo a dejar de hacerlo; al menos, cuando toca estar durmiendo. Como he dicho antes, cuestionarse las cosas nos puede abrir los ojos, pero cuando uno tiene como principio básico el cuestionarse sus propios actos, de lo peor que puede hacer es rodearse de malos maestros.
La ansiedad es el motor de nuestras vidas, oí hace poco, y lo creo. La ansiedad es lo que cambia las cosas, y es que ahora puedo suponer que la ansiedad la sufre el que quiere que algo cambie. No se puede guardar la ansiedad para siempre; no se puede evitar el cambio. Lo que tiene que cambiar, acaba cambiando, sin más, y hablo de causa y consecuencia, no de simples creencias.
La ansiedad es falta de cambio, y los cambios siempre empiezan por uno mismo. Aunque el problema real lo tengan los demás, no podemos esperar a que los demás cambien. Tenemos que anticiparnos. Tenemos que imponernos contra el que quiere imponernos sin convencernos. Tenemos que ser nosotros, y hacer saber por qué somos, por qué estamos. Hay que hacer bum; hay que reventar, que arrasar, que hacer luz, que brillar, que hacer chispa, que hacer ver. Hay que rebelarse contra el opresor. Hay que comer para que no nos acaben comiendo.
Llamadlo como queráis, pero hay que hacerlo.
Eeey tío, mucho ánimo. Me identifico mucho con el esquema general que sigues en la entrada, aunque en verdad no sé si la conclusión que le das es la adecuada.
ResponderEliminarPorque, ¿cómo podemos saber que no vamos a perder nuestra buena esencia en ese camino? ;)
Y nada, no sé qué habrá pasado, pero u know, hace tiempo pasé por una época chunguilla, y si por ello crees que puedo ayudarte, encantado lo haré.
Un abrasso. ^^
Creo que cuando queremos tener "buena esencia" y empezamos a acumular de malas esencias, acabamos teniendo en el fondo esa parte mala que muchas veces solo se puede sacar de una mala forma. En la próxima entrada quiero escribir algo relacionado, así que ya te avisaré, si no ves este comentario.
EliminarSiento haber tardado en contestar, pero como hablamos de normal, pues se me pasó, jajaja. :D
¡Gracias por todo! :3