Hasta que no cumplí aquella edad, de primeras, no destacaría nada bueno de todo aquel pasado difuso. Recuerdo dejar atrás a mucha gente desagradable, a gente que me hacía la vida difícil y a otras personas que solo volvería a ver para revivir uno de los tópicos tan reales como el de algún día nos llamamos para tomarnos unas cervezas y hablar. Recuerdo también haber dejado atrás a personas que en el fondo me importaban, con la más misera de las apatías; tampoco eran sentimientos que yo supiese asimilar o manejar, así que tampoco podría haber cambiado mucho la situación. La verdad es que los días han pasado y sigo teniendo en cuenta a todas y cada unas de aquellas personas que dejé por el camino. De segundas, después de aquellos años, destacaría a las últimas personas que he nombrado como las que me ayudaron a hacer aquellos días más llevaderos, diciéndolo de forma breve y concisa.
Entre otras (muchas) cosas, aún me sigue doliendo el no haber podido integrarme bien en el instituto, o el tener que empezar a buscarme la vida para encontrar a alguien con quien tener algo en común. Aún me siguen doliendo cada uno de los insultos, faltas de respeto y burlas injustificadas que he tenido a lo largo de todo este trayecto. Sobre todo, me duele haber dejado atrás a personas importantes, por decisiones propias o ajenas. No pienso en ello siempre; siquiera es que lo llegue a pensar, la mayoría de veces, pero es que todas aquellas experiencias son las que me han hecho, y el dolor y el lamento es un material que nunca me ha faltado para formarme como persona.
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A veces, cuando las personas que han nacido por mi época escuchamos aquello de los jóvenes de la generación perdida, no nos incluimos dentro de ese grupo. Normalmente, solemos nombrar a la gente que ha nacido unos años después de nosotros, riéndonos de lo perdidos que están, de lo ignorantes que son. Nos lamentamos, pobres de ellos, de que van a tener unos estudios (aún) peores que los nuestros. Pobres, que están todo el día de fiesta, ignorando lo que pasa.
Nosotros también hemos sido ignorantes (al menos, yo sé que lo he sido), ¿pero es que no ser ignorante acaso significa no estar perdido? ¿Acaso dejar de ser ignorante significa dejar de estar perdido? Puede que esa sea la primera impresión, pero nada más que eso.
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La densa niebla, a pesar de seguir aquí, constante, siempre deja algún hueco por el que entra un pequeño haz de luz. A veces, todo ese cúmulo vuelve a revolverse sobre sí mismo, causando que esa luz quede tapada de nuevo, y liberando otro agujero por el que asomarse. A medida que pasa el tiempo, siento que esas tormentas se van llevando diminutos trozos de niebla, por lo que cada vez entreasoma más brillo. Entre cada uno de esos destellos intento buscar respuestas, pero lo cierto es que cada vez encuentro menos.
Antes de enseñarnos lo que hay que hacer, empezamos aprendiendo qué no hacer. Cuanto antes empezamos a sufrir (no me consideréis más dramático de lo necesario), antes empezamos a saber cómo no actuar, aunque esto también nos puede llevar muchas veces a pensar que debemos de tratar a todos como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. ¿Os suena la frase, verdad? No todo es tan fácil como nos lo pintan, entre otros, nuestros mayores, y puede que este sea otro de los motivos por el que andamos tan perdidos. Hemos aprendido en blanco y negro, pero cuando tenemos que tratar con cromatismos, la cosa se vuelve aún más grave, y si se trata de sentimientos, la cosa ya puede llegar al caos, porque decidme qué hemos podido enseñarnos sobre nuestros sentimientos en una sociedad que tiende a los eufemismos y a la censura.
Y mientras seguimos perdidos, seguimos predicando lo que solemos incumplir en los momentos adecuados, mientras pensamos (incluso de forma inconsciente) que lo mejor es ser optimistas de cara a los demás; mientras seguimos cavando nuestra propia tumba cada vez que entramos solos en nuestras respectivas camas.
Cada vez que estoy con alguien con quien no me atrevo a compartir mi tristeza, acabo más enfermo de lo que ya estaba, y la verdad es que pocas veces puedo poner una cara larga sabiendo que me van a entender. En realidad, pocas veces puedo poner una cara larga delante de alguien. Estar triste en soledad no es agradable, pero estar triste en compañía y no mostrarlo es trágico. Somos personas, y si no compartimos esa parte nuestra, es difícil saber quién está ahí de verdad, y es aún más difícil estar, sin más, solos o acompañados.
[Última anotación]
Escribí esto hace unos días, los cuales no estuve de buen humor, pero lo peor es que siendo ahora todo lo contrario, aún perdura la ansiedad de no saber por dónde encajar toda la metralla y los disparos que me llegan... Mas el dolor también puede ser dulce.
Porque a veces, la ansiedad puede venir hasta con las mejores cosas que nos pueden pasar; porque su causa no siempre es estar perdido; a veces, es justo lo contrario, porque resulta que saber lo que se quiere no es saber cómo tenerlo..., pero por algo se ha de empezar.
Y ya no sé siquiera si contemplar un cambio de planes; porque, simplemente, hay cambios que creo, sinceramente, que nunca podría asumir; porque aunque me duela admitirlo, hay que tener siempre algo firme adonde aferrarse; porque aún me duele más, cuando no hay nadie alrededor, no poder dejar de pensar que mañana podría perderlo todo.
Qué sinvivir, de verdad.
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